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Frank Sinatra, caricaturizado por Juan Herrezuelo |
El escritor
Juan Herrezuelo, autor de
Pasadizos,
El veneno de la fatiga o
Desde el lugar donde me oculto me ha enviado, a petición mía, un texto titulado
Un tipo de cuidado. Esta entrada está encabezada por una muy acertada caricatura que Juan realizó sobre Frank Sinatra
UN TIPO DE CUIDADO
Acodado en la barra de un bar elegante, Dave Hirsh, el personaje que Frank Sinatra interpreta en la película Como un torrente, de 1958, intenta explicar por qué ha abandonado la literatura: “Un poco de talento en un escritor es como un poco de talento en un cirujano del cerebro”. La refinada intelectual que está su lado le recuerda que hay dos libros suyos en la biblioteca de la ciudad, y Dave responde que le reportaron exactamente cuarenta y ocho dólares. “Supongo que también alguna satisfacción”, dice ella. “Sí”, responde él, “por valor de cuarenta y ocho dólares”.
Duros pero sentimentales, aficionados ambos al juego, la bebida y las mujeres, Hirsh y Sinatra difieren sin embargo en algo esencial: Sinatra nunca dudó de su talento. Hubo una época oscura, es cierto, a comienzos de los cincuenta, cuando después de una década gloriosa todo parecía indicar que su estrella como cantante y actor estaba condenada a apagarse, pero fue precisamente la seguridad en sí mismo, su correosa tenacidad (y la proverbial intervención de Ava Gardner entre bastidores, claro está) lo que hizo posible una de las resurrecciones artísticas más legendarias del mundo del espectáculo. Su premiada interpretación del soldado Angelo Maggio en De aquí a la eternidad (1953), papel por el que peleó duramente sabiéndose en el filo del olvido, supuso un nuevo y definitivo impulso a su carrera. El resto ya forma parte de la Historia.
El secreto de la permanente admiración que despierta Sinatra, hoy como ayer, radica tanto en sus privilegiadas dotes vocales como en un magnetismo que resulta del todo inaccesible para quien ha tenido la tentación de imitar su estilo. Cuando canta, Sinatra dialoga, se sincera, seduce, pero al mismo tiempo te deja intuir que en todo ello hay una irresistible mezcla de franqueza y bribonería: tres ejemplos de su intensa capacidad de seducción: el You’re Awful con que obsequia de manera deliciosamente equívoca a Betty Garrett en lo alto del Empire State (Un día en Nueva York, 1949); ese You’re Sensational dirigido a una aturdida Grace Kelly que, a punto de convertirse en princesa de Mónaco, desliza sus dedos por el borde de la copa de champán con distraída sensualidad (Alta sociedad, 1956); y mi número favorito, una provocadora osadía al más puro estilo Sinatra para hacerle saber a Rita Hayworth, con el local ya cerrado, que The Lady is a Tramp, (Pal Joey, 1957).
Sus facultades naturales como actor, sin duda alguna las más notables que haya poseído cantante alguno, determinan que cuando en su caso hablamos de “interpretar” unas canciones lo hagamos en el más amplio y persuasivo sentido del término: nos muestra, sin aparente esfuerzo, desde la candidez del joven romántico al implacable atrevimiento del conquistador y el granuja, de la melancolía que nace en el desengaño y la derrota al cinismo de quien está de vuelta de todo. Éste es, posiblemente, el secreto de su universalidad más allá del hecho de que se trate de una música esencialmente norteamericana y de unas historias cantadas en un idioma que no conocemos: el instrumento lleno de matices que es su voz y la expresividad con que lo hace sonar propician idéntica complicidad en cualquier cultura. “Era el Mozart de la música popular”, dijo Pavarotti a su muerte. Es decir: no se puede ni se podrá alcanzar mayor altura en su estilo.
Recolocándose decididamente el gorrito de marinero sobre la frente mientras espera que la chica abra la puerta; ensayando con aceitunas una jugada de dados en la barra de un bar de Honolulu, borracho y sin que parezca importarle haber abandonado la guardia en el cuartel; tiritando horriblemente en lo más duro de un mono de heroína; organizando timbas clandestinas en los salones del Ejército de Salvación; esperando, con un rifle de mira telescópica montado en la ventana, la llegada del Presidente a la estación de un pequeño pueblo; caminando resignadamente por una calle de Las Vegas, acompañado de todo el clan, tras haber asistido a la incineración del botín obtenido en un golpe perfecto; intentando torpemente encender un cigarrillo en un vagón de tren mientras, con el rostro empapado de un sudor frío, intenta comprender qué significa esa sospecha de que algo ocurrió en Corea cuando él y sus hombres fueron hechos prisioneros, algo terrible que sin embargo no alcanza a recordar... Sinatra es creíble en todos sus papeles sin necesidad de convertirse en el personaje ni metabolizar sus más profundas (y ficticias) motivaciones. No. Sinatra acoge al personaje en su pellejo e intuitivamente le hace moverse en la historia.
¿Un vividor? Seguro que sí, y una parte de su atractivo se debe a ello (“Sólo se vive una vez, y del modo en que yo vivo, una vez es suficiente”, dijo. ¿Quién podría suscribir una afirmación como ésta? ). Pero no cabe la menor duda de que era un profesional que se tomaba su carrera en serio: grabó entre mil doscientas y mil trescientas canciones, intervino en casi cincuenta películas y dio un número presumiblemente muy elevado de conciertos. ¿Se divirtió haciéndolo? Apuesto a que la mayor parte de las veces, pero eso no significa que no se tratase de trabajo. Y por si alguien pensaba que la suya era una vida en la que cualquiera podía hurgar a su antojo, en su casa de Palm Springs colocó un letrero que decía lo siguiente: “No hagan caso del perro. Cuidado con el amo”. Yo no me hubiera tomado a la ligera la advertencia.
Juan Herrezuelo